Copper Wilson
Conocí a Copper en el año 2004 durante la celebración de una feria comercial. Copper era un muchacho muy tímido y retraído, de escasa o casi nula vida social y aspecto enfermizo. El trayecto de casa al trabajo, del trabajo a casa y algunos minutos en el gimnasio eran los hechos que cubrían el abanico de todo lo que era su vida cotidiana.
Me resultó fácil congeniar con él, mi carácter es básicamente extrovertido y, desde un primer momento, agradeció mi atención. Copper era el tipo de persona que no sabía decir que no, lo que le cuesta, sin buscarlo, meterse en toda clase de problemas de relación que tiene la extraña capacidad de no sufrir, al poseer la tremenda habilidad de no apegarse, enfrascarse o encariñarse con nada, y siempre consigue poner tierra de por medio llegado el caso.
La próxima vez que hablé con él fue en un evento deportivo al que acudí como redactor de una revista del sector. Copper gustaba de obtener fotografías de los mejores momentos de estos eventos por simple afición. No era un buen fotógrafo, ni muy mirado, ni muy meticuloso, ni destacaba en ningún sentido como consecuencia de su falta de implicación con cualquier cosa que hiciera. De fácil disparo, era capaz de reunir decenas de miles de fotografías de entre las que alguien con una mirada mínimamente crítica no podría rescatar ni un par de cientos de una calidad soportable.
Aún así cuando me ofreció facilitarme las fotografías para la revista lo agradecí y como deferencia a su trabajo, que siempre realizaba por afición y sin recibir contraprestación económica alguna, sufrí semana tras semana la estresante, meticulosa y tediosa tarea de clasificar y seleccionar las mejores imágenes para su publicación.
No pasó mucho tiempo antes de que el señor Wilson acudiera a los eventos deportivos con acreditación de la revista y, mucho menos aún, hasta el momento en que él mismo solicitó al departamento de relaciones públicas que le fuesen dispuestas las entradas, un sitio especial desde donde realizar sus tomas y las personas de contacto que le facilitarían la entrada y acompañarían hasta su lugar reservado. Tampoco hubo que esperar mucho para que este departamento se hiciera cargo de buscarle hoteles y facilitarle toda la información para que pudiera realizar sus reservas.
Pero Copper temía una cita más que a la muerte misma. Cualquier hecho planificado le hacía temer lo peor, entrar en una suerte de crisis nerviosa, aterrorizado por la idea de no llegar a tiempo para adquirir una entrada, ocupar una plaza, hacer una reserva. Recuerdo con cariño y entre risas, la desesperación de nuestro departamento de relaciones públicas cuando, a los pocos días de un evento, recibía 5 y 6 llamadas o mensajes diarios suyos para asegurarse de que estaba todo dispuesto, o también cuando con 6 meses de antelación llamaba para aclarar dudas que ni siquiera los organizadores del torneo en cuestión aún sabían. De hecho nunca me molestó su compulsión hacia la organización de los viajes y gustosamente ayudé en cuanto pude a aliviar esta carga, además, de manera ingenua – lo reconozco – pensé que este proyecto entusiasmaba a Copper y que de alguna forma se sentía identificado con la revista.
Años más tarde llegaría el momento en el que tendría que darme cuenta de mi error. Fue la aparición en escena de Fardon Plastermaker la que lo evidenció. Plastermaker, al frente de una de las sucursales de la federación, contactó directamente con Copper y, adulador y lisonjero, consiguió que el señor Wilson le facilitara una copia de su trabajo. En ningún momento hice ninguna objeción al hecho de que se compartiera el material con Plastermaker que, a fin de cuentas, era uno de los responsables de la federación. Semanas después concurrieron dos sucesos cruciales: a la par que Plastermaker facilitaba a Servius Holelicker – el director de otra revista deportiva y su compañero en federación – el trabajo de Copper, cada vez se me hacía más difícil contactar con él para obtener nuestra copia.
Como he dicho antes Copper nunca supo decir que no, ni nunca tomaba partido. A resultas de pedir explicaciones a Fardon, tanto en él como en Servius, se exacerbó el odio y el sentimiento de competencia con mi labor lo que creo una barrera infranqueable que concluyó con el final de relaciones con la sucursal de la federación de la que Plastermaker era responsable que nunca más remitió ningún tipo de información o anuncio a nuestra revista.
Copper, como cabía esperar desapareció y nunca más fue a ningún evento, ni practicó con su cámara. Plastermaker y Holelicker como el perro del hortelano, ni comieron ni dejaron comer.
«Sé realista: pide lo imposible»
|